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Estar en el estadio Azteca es estar en suelo americanista. Un suelo sagrado para muchos, y maldito para otros tantos. Aquí, en el Distrito Federal, reside la identidad de uno de los equipos venerados a nivel nacional. Y que mediante el futbol, define parte de la diversidad cultural del país. Hablar del América es hablar de los albores del futbol mexicano. De aquellos tiempos en los que un adolescente de 14 años, conocido como Récord, formó una escuadra, en plenos tiempos revolucionarios, que forjó su propia historia y que se transmitió de voz en voz, principalmente en las colonias clase medieras de la ciudad de México. Fue un trabuco en los años 20 y una pena en los cuarentas. Un equipo pobre, mantenido por los padres de algunos de sus jugadores, al que seguían los estudiantes. Hasta Cantinflas tuvo que rescatarlo de la quiebra, utilizando más su gran fama que los fondos de sus cuentas bancarias. Después llegaron algunos mecenas menores. Pero esa historia, que ha sido omitida en el discurso, dista mucho de ser el factor que identifica hoy, en el imaginario popular, al equipo más rico del continente que lleva su nombre.

Miguel Lara, académico y miembro de la Red de Investigadores del Deporte, asegura que “el discurso de identidad del América se olvidó de su historia para pasar al discurso mediático. La construcción de la identidad americanista se ha construido en los últimos 30 ó 35 años por los medios, y no se ha construido, realmente, por una identidad del equipo”.

Por su parte, el antropólogo Roger Magazine, asegura que irle al América es como asociarse con Televisa. “Si pensamos que el América es el equipo de los ricos, no quiere decir explícitamente eso. Pero sí es gente que busca asociarse con la gente de poder en el país y el modelo es un modelo del futuro, que está proponiendo la gente en el país”.

América representa una de las grandes visiones del entorno cultural del país. Las encuestas anuales de Consulta Mitofsky arrojan datos contundentes. América se disputa la mayor parte de los aficionados con el Guadalajara y se consolida como el equipo que más rechazo genera. Cuatro de cada 10 fanáticos, odian al América.

Para Samuel Martínez, comunicólogo y académico de la Universidad Iberoamericana, “parte del odio al América, o el rechazo al América, es el rechazo al centralismo, el rechazo al caciquismo, el rechazo a la concentración de la riqueza. En el América hay una identificación con el poder político y ahí está, en un país como este, la arrogancia, el nepotismo, la corrupción”.

Es parte de la leyenda americanista aquel capítulo en donde Emilio Azcárraga Milmo decidió convertir al equipo en el antagonista del mexicanísimo Guadalajara. El América tomó el papel de villano y adoptó ese rol social. Desde la visión de un psicólogo, el maestro Hans Oleg Olvera dice que “el América opta por ese rol social. No es que sean villanos. En muchos partidos, sobre todo en el clásico. Hay que darle una lección al equipo que contrata extranjeros, hay que derrotar al equipo, y el aficionado americanista ha optado por esta psicología inversa donde dice cuanto más me odies más poderoso me hago”.

La afición del América arrastra a todas las clases sociales y genera una contradicción entre el discurso que manifiesta sus rasgos de identidad y que sus más fieles seguidores pertenecen a las clases populares. Samuel Martínez sintetiza la idea: “Decía un amigo por ahí que la gente que le va al América, le va al América porque aspira tener, lo que no ha podido tener y lo quiere tener a través de irle al América”. Hans Olvera complementa: “El América es también pasión porque ha impactado en todos los sectores sociales a pesar de que un sector considera que hay un grupo poderoso detrás de él”.

Evidentemente la identidad mediática del América ha sido confirmada por sus éxitos deportivos y por sus héroes. En especial uno de ellos, quien desempeñó un papel fundamental en el equilibrio de esta contradictoria identidad. Miguel Angel Lara se enfoca en lo que Cuauhtémoc Blanco significa en este contexto. “La figura de Cuauhtémoc Blanco podría equilibrar lo que es justamente la identidad americanista. Me explico, una figura completamente de barrio jugando en el equipo más rico del continente americano. Con un equipo lleno de recursos y sin embargo Cuauhtémoc Blanco se identifica mucho con este aspecto barrial. Blanco es simpático para los ricos y es un ídolo para los pobres. Es una figura, que además, los dueños ni se imaginan el valor que pudiera tener en el aspecto social”.

El Americanismo ha roto el esquema de ciudades en el que está organizado el país. Es un equipo con identidad nacional y su propio escudo así lo manifiesta. El maestro Olvera dice que “el aspecto simbólico. El Club América que nosotros observamos de amarillo, observamos al continente y a nuestro país ahí colocado. Esto genera una percepción que va más allá de que el América sea localista, tiene una afición impresionante”.

Por lo pronto, el futbol es un reflejo de esta sociedad y es una válvula de escape que regula la armonía de la región, por lo menos durante 90 minutos.

Calderón de la Barca

Mundialista mexicano en 1958. Carlos Calderón de la Barca jugó para Atlante, Poza Rica, América y Pumas. Un extraordinario y polémico atacante que pudo serlo todo. Se le considero uno de los mejores jugadores de la liga mexicana entre 1950 y 1960. Falleció la madrugada del 16 de septiembre de 2012, en Puebla.

Camarón Iturralde


El pasado 11 de septiembre de 2012 falleció Jesús Iturralde Servín, el célebre "Camarón", quien jugó con los Pumas y con León, como defensa lateral. Se retiró a los 26 años, de forma prematura, y se dedicó a labores administrativas del futbol. Un hombre generoso y entregado. Honesto y sincero que así como se retiró del futbol, se ha marchado del mundo en forma prematura. Vaya en su honor este recuerdo.

El futbolista más longevo del mundo



A unas cuadras de lo que queda del árbol de la noche triste, en Popotla (ciudad de México), nació el futbolista más longevo del mundo, un 28 de agosto de 1924. Enrique Alcocer Gagniere estudió la primaria en la escuela Normal de Maestros y la secundaria en el colegio Grosso. Ahí tuvo la inquietud de las patadas. Entró a jugar con el equipo Audaces en donde conoció al Dumbo López y a su hermano. Ya estaba completamente enamorado del futbol y sin remedio. Además, desde entonces, cargó con un mote que dejó al “Enrique” para las formalidades. Dejemos que sea él quien nos cuente el porqué de su peculiar apodo: el Zacate.

“Les platicaré por qué me dicen el Zacate. En una partido de cierta importancia me mandaron un centro. Intenté cabecear pero fallé. Uno de los defensas de mi equipo me gritó desde su lugar: ya te dije Alcocer, que te quites ese mechón de la cabeza. Ese zacate que tienes… y de ahí todos empezaron que zacate, y zacate y zacate. Sí, tenía un mechón que no me peinaba ni con glostora (una brillantina de la época, que comercializaba Colgate)”.

En aquella época se jugaba con cinco delanteros, tres medios y dos defensas. Y en el ataque se colocaban los extintos interiores. “Me gustaba mucho hasta el nombrecito: interior izquierdo. Entonces empecé a jugar de interior izquierdo”, recuerda el Zacate, en la sala de su casa en Texcoco.

Cuando lo contrató el Marte, dirigido por el Ché Gómez, llegó muy orondo diciendo que él jugaba de interior izquierdo. El entrenador, con su gran calidad humana y trato, le dijo al futbolista con el mechón indomable: he visto que juegas muy bien al futbol, sobretodo le pegas con las dos piernas. ¿Tu crees que vas a tirar al “Pirata” Fuente de interior izquierdo? Mejor te voy a hacer o extremo derecho o extremo izquierdo.

Alcocer jugó en labores defensivas y dejó a la leyenda en su lugar. Así son las jerarquías en el futbol. Pero en el año en que debutó, el “Pirata” se fue al Veracruz, y el Zacate, muy satisfecho de sí mismo, optó por volver a recuperar esa posición que le daba caché: interior izquierdo.

“Yo deje todo, todo por el futbol. Yo estaba estudiando en la Escuela Nacional de Agricultura y cuando supe que iba a debutar, ni a exámenes me presenté”, recuerda, otra vez muy orondo, el siempre sonriente “Zacate” Alcocer. “Y debuté el 23 de enero de 1944, en el campo Asturias, jugando contra el España”.

Ese Marte vestía de blanco. Les decían los merengues y entre sus integrantes había una gran camaradería. De repente, Enrique Alcocer cruza los tiempos pasado y presente. El inútil hubiera llega a su mente. “Como desearía yo haber nacido en esta época y, vamos, nacido, porque entonces sí hubiera ganado dinero. Desgraciadamente jugué poco porque me entró el gusanito de casarme. Entonces llegó el dilema: ¿o juego o trabajo?”

Sólo pudo jugar con el Marte tres temporadas, de 1944 a 1947. Se casó y se puso a trabajar. Pero nunca se pudo divorciar del futbol. “No, nunca, nunca. Empecé jugando, digamos en el sentido de a ver qué sale y tengo desde el año 48 como fundador de la liga Interclubes. Yo empecé con el equipo Osos, un equipo formado por puros juniors, la verdad. Estaban Emilio Azcárraga Milmo (El Tigre, amo y señor de Televisa), estaban los Burillo, los Domínguez, estaba el hijo del general Barragán, Juanito Barragán, su papá fue el ministro numero uno de Venustiano Carranza”.

Formó la rama de veteranos, la rama master y la master plus y alguna vez amenazó con formar la Golden, que es de 60 años para arriba, para poder retirarse. “La verdad les dí mucho chance”, y aflora la carcajada contagiosa de este gran personaje.

El día en que fui para verlo jugar en el estadio Claudio Suárez de Texcoco, portaba el número de su edad en los dorsales. “Juego con mi edad”, dice el Zacate. “Ahora van a ser 80 años, ni yo mismo me lo creo”.

Por eso obtuvo el Récord Guinness en el  2003. En la antesala de cumplir los ochenta años se convirtió en el futbolista más longevo y en activo en el mundo. Cuando le enviaron el certificado que acreditaba su hazaña, el cartero echó el sobre por debajo de la puerta de su casa y los perros destrozaron el diploma, que le fue repuesto tiempo después.

“El récord me tiene, como dicen los jóvenes, tan sacado de onda que en ciertos momentos no creo que de veras tenga yo el Guinness. Si no fuera por los certificados, no lo podría creer”, me asegura Don Enrique. “Esa es mi satisfacción y mi orgullo, que recibo después de tantos años de estar viviendo de la patada”.

Ahora estará celebrando su cumpleaños número 88, y quién sabe, pero estoy seguro de que pensó mandar hacer una playera con el número en los dorsales, para celebrar, por lo menos, echándose una media cascarita, aunque esta ya no quede registrada en los Récords Guinness.



Dinastía Pichojos

Estamos en la colonia Santa María Nonoalco, ahí por donde pasa el largo distribuidor vial del poniente de la ciudad de México. En el número 32 de Jacobo Callot vivió una leyenda de los once hermanos del Necaxa. En el patio de la casa están peloteando cuatro hermanos. Son los Pérez y a todos les quedó para siempre el apodo de su padre conocido como el Pichojos.

Entre los toques de balón, José Luis, el mayor de los cuatro, toma la palabra. “Como sobrenombre en el futbol le decían Pichojos, un apodo que hasta la fecha nos preguntamos de dónde vino”. Carlos, otro de los hijos, puntualiza el dato. “Hasta a mis hermanas les dicen las Pichojas, las Pichojitas. Y Pichojos es por los ojos, pinches ojos”.

Luis Pérez González nació el 25 de agosto de 1908 en Ahualulco del Mercado, Jalisco. Cuenta su historia que empezó a jugar con el Guadalajara junto a su primo Tomás, a quien en realidad le decían Pichojos y que a la muerte de éste en un accidente, Luis acabó heredando el mote porque él tenía los ojos pequeños y rasgados también.

El Pichojos fue un futbolista muy delgado, de baja estatura, pero superdotado de cualidades técnicas. Dicen las crónicas antiguas que fue un extremo izquierdo de primera línea. Mario, el hijo menor, mundialista, exjugador del Necaxa y del América, y hoy director técnico, hace un apunte sincero y con reverencia. “Yo hubiera querido tener once jugadores con esas características”.

Llegó al Distrito Federal con la selección Jalisco a finales de los 20 y se quedó a formar parte del Germania. Pero sus grandes tardes fueron con el Necaxa, en donde salió campeonísimo junto a sus diez hermanos. En las fotos viejas de aquellos años es muy sencillo ubicarlo. Basta con buscar al menudito futbolista que jugaba con una boina blanca. Rodolfo, uno más de los hijos del Pichojos, recuerda este asunto. “Había un español, que cuando jugaba el Necaxa contra alguno de los españoles, por cada gol que mi papá metiera le regalaba dos boinas. Entonces tenía mi papá su colección de boinas por ahí”.

El Pichojos fue seleccionado nacional en el mundial de Uruguay 1930 y también viajó hasta Roma en 1934, para disputar la extraña eliminatoria definitiva contra Estados Unidos. Rodolfo recuerda que su padre ponía a bailar a toda la selección en las travesías por barco. “Sacaban las guitarras y cantaban esa famosa canción del “monito de alambre”, que dice: el que no lo baile, el que no lo baile, que vaya a chi…huahua al baile. Y ahí tienes a todos bailando en el barco”.

Su gran legado fue su forma de vivir la vida. Y su gran ilusión que sus hijos siguieran sus pasos. José Luis lo tiene muy claro. “Esos genes de mi padre fueron tan importantes que los cuatro hermanos terminamos jugando en primera división”.

El Pichojos se retiró del futbol cuando el Necaxa se negó a participar en el primer torneo profesional del futbol mexicano. Para 1943 entró a trabajar a la desaparecida Compañía de Luz y Fuerza, en el departamento de conexiones medidores. Fue una persona muy alegre, rodeado de amigos, de compadres. Le gustaba cantar, le gustaba bailar y organizaba comidas inolvidables que estrecharon los lazos fraternos de los suyos para siempre. Todos recuerdan los preparativos de las fiestas. “Duraban dos, tres días… le traían pulque de Tacubaya, le traían barbacoa…”

Al alcanzar el medio siglo de vida, comenzó a perder la vista. Las cataratas en ese entonces eran incurables. Fue a Mario a quien le tocó servir a su padre en los momentos difíciles. “Yo era el lazarillo de mi papá cuando salía de su trabajo en la Compañía de Luz. Yo teniendo diez, once años. Iba yo hasta su trabajo y lo traía a la casa”.

Murió a los 55 años y no le dio tiempo de ver a sus cuatro hijos coincidir en la primera división mexicana, incluso, Mario, también fue mundialista como él. Los cuatro herederos de esta leyenda seguirán teniendo a su padre como ejemplo. Todos lo recuerdan con emoción y con nostalgia, pero con esa alegría que brota de repente como si fuera una pícara gambeta con destino al gol.


Los genes del jefe

Pasó más de medio siglo para que aquel gol del milagro, personificado por Helmut Rahn, y designado, en una metáfora, como el momento verdadero del nacimiento de la República Federal de Alemania, cobrara sentido. “Der boss” (el jefe) nunca fue el alemán de molde, con rasgos helados ni con el estereotipo del nazismo que acompañó a los derrotados en la guerra durante décadas. El gol metafórico, el segundo de los dos que marcó en la final, sirvió para que una nación se perdonara a sí misma y resurgiera ante la atenta mirada de los vencedores, pero el perfil del personaje vendría manifestándose mucho tiempo después, por lo menos en un campo de futbol. De forma directa, sus genes integrarían la Mannschaft de la actualidad (inicios de la segunda década del siglo XXI).

La irregularidad del bohemio goleador no le gustaba a Herberger . Si los telegramas eran parcos, aquel con el que le convocó Sepp a la selección nacional llevaba sólo las palabras necesarias para que Helmut viajara en avión, desde Montevideo hasta Berna, e integrara, de último momento, el equipo campeón del mundo, en 1954.  

Era un tipo solitario, muy tranquilo, amarrado al lugar donde nació (Essen, a las orillas del rió Ruhr), descendiente de mineros, bebedor, fumador, con cara regordeta e inflada, poseedor de un humor lacónico que le hacía pronunciar palabras breves pero ingeniosas. Como muchos de los héroes del futbol, era un antihéroe en la vida real. Pero a la gente le gustaba que él era como ellos. Porque se lo podían encontrar por la noche, en la taberna o en algún lugar común, y le podían dar una palmada en el hombro a ese futbolista que al día siguiente los maravillaba con su desempeño en el estadio, o bien, que acabara chocando su automóvil en un accidente de tránsito con consecuencias al terminar las tertulias.

Nunca vivió de la fama. Si acaso aceptaba las cervezas que le invitaban en las tabernas mientras relataba, en corto, como había vivido aquel par de goles que les anotó a los húngaros imbatibles hasta ese día. Cuando la gesta del 54 se llevó a la gran pantalla en “El milagro de Bern”, Helmut no quiso participar como asesor de la película y se hizo a un lado. Los escritores tuvieron que perfilar al jefe como el amigo de un niño que se convirtió en el padre sustituto del muchacho, quien ya le había guardado luto a su verdadero progenitor, desaparecido en el frente ruso, durante la segunda guerra mundial.

Amigo y padre (sustituto) de un niño que significaba la esperanza de una nación devastada y condenada por el mundo. Eso representaba Rahn en la película, con todos sus defectos. Porque lo pintaron como un tipo rebelde, respondón, alegre, inquieto, ansioso y bebedor. Puskas dijo que aquellos alemanes “jugaban echando espuma por la boca”, insinuando un posible dopaje que desató un escándalo muchos años después. Pero la figura de Rahn nunca perdió ese cariño popular que despertó con sus goles y con su forma de ser.

Después de aquella selección del milagro, en donde Herberger seleccionó a aquellos que cumplían a rajatabla con sus estándares, a excepción de Rahn, la Mannschaft adquirió un estilo poderoso y rígido. El equipo jugaba al futbol como si fuera una maquinaria. Hombres con una fortaleza sobresaliente. Disciplinados. Guerreros. Mentalizados. Fríos. Calculadores. Ese era el sello de los equipos nacionales alemanes, aunque por ahí se llegó a colar un personaje que trató de emular a Rahn: Gerd Müller llegó a romper la marcialidad futbolística de los germanos pero también rompió redes sin consideraciones y logró el segundo título mundial, en casa, veinte años después del milagro.

En 1990 Alemania levantó su tercera Copa del Mundo con su estilo basado en ese poder y determinación. Y en 2006 volvieron a ser sede del mundial y a partir de entonces los apellidos de los integrantes de la Mannschaft reflejaron la multiculturalidad de una nación que de nueva cuenta lidera en todos los sectores del planeta. Jugadores de origen polaco, turco, tunecino, español y ghanés integran el equipo nacional. Es aquí en donde se da un relevante y romántico enlace genético entre Helmut Rahn y el significado de una nación que nació, dice la metáfora, con el gol del milagro. Jerome Boateng, hijo de padre ghanés y madre alemana, es sobrino nieto de “der boss”. Si la primera metáfora provocó que Alemania se perdonara a sí misma de las atrocidades del nazismo, esta segunda metáfora, la de los genes de Rahn, consolida el rumbo de una nación que vuelve a romper sus moldes rígidos, por lo menos en el terreno de juego.

Helmut Rahn nació el 16 de agosto de 1929 y murió el 14 de agosto de 2003. Pretextos más que suficientes para recordar al jefe en la quincena del octavo mes. 

La conspiración de Old Trafford

En la Liga inglesa, donde abundan los hombres duros, (Roy Keane) es el más duro.
John Carlin

Sir Alex Ferguson es un monarca absolutista. Su palabra es ley en Old Trafford y el largo reinado en el Manchester United (ha rebasado el cuarto de siglo) le ha convertido en una especie de santo patrono para aquellos entrenadores que son desechados tras las malas rachas o por impaciencia de los directivos del futbol. La figura del escocés es casi mitológica y en el imaginario popular, sólo la muerte o una enfermedad que le impida seguir, le podría quitar el tridente de los Diablos Rojos. Él mismo ha llegado a poner en la agenda el tema de su retiro, aunque hace no mucho tiempo, hubo una conspiración en Old Trafford.

Roy Maurice Keane, el conspirador, nació el 10 de agosto de 1971, en Mayfield, “la ciudad de los pobres”. Es irlandés, “residente de Cork por la gracia de Dios”. De tradicional cuna pobre y muy católica. Fue el cuarto hijo de cinco. Indiferente, por completo, en los estudios. Pero fueron la furia y la desesperación de conseguir lo que no tenía, los factores que encendieron las calderas de sus entrañas: quiso ser boxeador y acabó siendo un futbolista forjado con la mentalidad y las habilidades del pugilismo.

Desde los ocho años empezó a jugar al futbol con el equipo en el que pasaron sus tíos y sus hermanos: el Rockmount AFC. La agilidad, la velocidad y la disciplina que le dieron las artes guerreras del boxeo le proporcionaron una superioridad psicológica cuando los demás niños lo aventajaban debido a su corta estatura y su timidez. La talla y su figura le cerraban las puertas del primer filtro para llegar al profesionalismo. Las negativas de los equipos irlandeses hacían fila en su ánimo. Casi se da por vencido. Su perro Ben fue su consuelo en esos momentos. Los largos paseos le dieron serenidad. Apenas tenía 14 años pero su renuncia a los estudios le obligaba a diseñar el rumbo de su vida. Trabajó en un bar, cargando barriles de cerveza. También tuvo un empleo con un proveedor de la policía local en el que tenía que raspar láminas oxidadas de automóviles. Y en primavera se iba en bicicleta a recoger papas en los campos de cultivo. Dice que se acuerda mucho de esas épocas cuando le llega a doler la espalda.

Un día le recomendaron que escribiera cartas a los grandes clubes ingleses. El Derby, el Sheffield, el Aston Villa, el Chelsea y el Nottingham Forest respondieron sus misivas: muchas gracias, no hay vacantes. Jugó su última carta. Obstinado, fortaleció su cuerpo con arduos entrenamientos y se convirtió, como él mismo se define en su autobiografía, en un caballo de batalla con personalidad brillante que luchó por objetivos y por cada pelota.

Lo fichó un club de la segunda división irlandesa con sede en el último puerto que tocó el Titanic. El Cobh Ramblers F.C. le dio la oportunidad que tanto buscó y en un año, uno de los equipos ingleses que lo rechazaron por correspondencia, le contrató.  Por 250 libras a la semana y un acuerdo de treinta y seis meses, Keane jugaría para el Nottingham Forest. El plazo no se cumplió. El Manchester United lo compró en 1993, pagaron 3.75 millones de libras por él, y protagonizó 480 partidos, anotó 51 goles, ganó siete ligas, cuatro copas de Inglaterra, una Champions League y una Intercontinental, hasta el día en que Ferguson le echó en cara la conspiración.

De las doce temporadas con los Red Devils, durante ocho años portó el gafete de capitán. Después del Sir, él mandaba en el campo de juego. ¿Por qué? Porque era un líder con carácter, con fortaleza, con determinación y agresividad. Un caballo de batalla que atacaba y defendía con bríos. Iba por todo siempre. Si le daban una, la regresaba con la misma intensidad, ni más ni menos. Temido por los rivales y respetado por compañeros, aunque si invertimos los factores, el producto no se altera.

Este es una descripción brillante que hace Borja Barba en diariosdefutbol.com:

Es un ser despreciable. Todo el mundo comparte esa afirmación. Un canalla, un pendenciero, un hijo de puta, vaya, para qué andarnos con eufemismos. Pero es ‘nuestro hijo de puta’. Es ese tío que está dispuesto a partirse la cara por defender la causa, nuestra causa. Un fulano al que poco le importan las consecuencias personales, porque él mira por el colectivo. Siempre. Cuida cada detalle. Que nadie se meta con los nuestros, porque como él se entere la arrancará la cabeza y le dejará bien claro con quién puede y con quién no puede meterse. Es la guerra sobre el césped llevada casi al extremo. Lo que alguien acertaba a definir, en esencia, como una suerte de moderna guerra de tribus.

Hay dos capítulos violentos, entre muchos, que lo definen: sus pleitos, cara a cara, con Patrick Vieira y una vendetta que cobró tras cuatro años de espera. En 1997, en una trabada con el noruego del Leeds, Alf Inge Halland, Keane se tronó los ligamentos de la rodilla. El rival le exigió que no fingiera. El 21 de abril de 2001, cuando Halland jugaba para el Manchester City, el capitán rojo le planchó la rodilla. Ley del talión. Suspendido tres partidos y multado con cinco mil libras en primera instancia. Cinco juegos más y ciento cincuenta mil libras de castigo, cuando redactó en su autobiografía que "el que la hace la paga. Él obtuvo su recompensa. Me lesionó y mi actitud es de ojo por ojo".

De ahí que tenga un apodo de miedo: Psycho. Porque para este hombre no había contención de los enojos. Si estos capítulos se sacan de contexto acabarán siendo episodios de rudeza antideportiva y hasta censurados por las moralinas. Hay que recordar que sólo fue expulsado en diez ocasiones, durante toda su carrera. Además, es un guerrero tribal irlandés nacido en la parte más rebelde de la rebelde Irlanda. Por eso se vieron, en este hombre obsesionado, las conductas opuestas del ser humano. Se les reveló la ciencia ficción del Doctor Jekyll y Mister Hyde, aunque a estas alturas el propio Ferguson se había apoderado del primer personaje y Roy ya no podía dejar de ser el segundo. Para los mancunianos era “su hijo de puta”. Para los demás aún sigue abierta la interminable lista de calificativos.

Si se contabilizan las patadas y puñetazos que Keane llegó a soltar, la cantidad sería considerablemente menor que el número de palabras que el irlandés ha pronunciado o escrito para marcar su territorio, para defender a los suyos, para evadir o bien para provocar situaciones premeditadas. Su espíritu siempre tiende a la rebeldía y sus puños se cierran, canalizando el poder de sus intenciones.

Raúl Fain Binda, de la BBC, alguna vez hizo una analogía entre los gustos que Ferguson tiene por los pura sangre y las características de los jugadores que han sido emblema de su equipo: fogosos, incansables, que nunca se dan por vencidos, que cuando galopan hacen temblar a sus rivales y cimbran a sus compañeros. Sabiéndolo o no, el mismo Kaene se comparó con un caballo. Fain Binda continúa perfilándolo. “Cree que es la única persona sensata y responsable en una muchedumbre de oportunistas y chambones, de flojos y pícaros”.  Y así lo utilizó y justificó Sir Alex para controlar su reino hasta que el caballo se desbocó.

En 2002, Irlanda llegó a la Copa del Mundo. Unos días antes del arranque, Keane criticó en una entrevista para un diario de Dublin al seleccionador Mick McCarthy y a sus compañeros. Le exigieron cuentas y los insultos al técnico rebasaron los límites y fue excluido del equipo, que estaba concentrado en Saipán. Así entraba a la tercera edad de los futbolistas. Golpeaba menos pero hablaba más. Dijo que soñaba con ser técnico del Manchester United, nada raro en los hombres mandones de Ferguson. Por aquel entonces el equipo se estaba renovando y no se cosechaban los grandes triunfos y tras una estrepitosa caída en Middlesbrough, Mister Keane replicó la escena de Saipán ante la MUTV (Manchester United Televsion). Con sus palabras devoró a todos, incluido su mentor.

Aquel caballo de guerra, fogoso e incansable, mordió la mano del amo. Conspiró. Y Old Trafford le cantó por última vez “al tirano ausente, el ídolo de la grada”, como bien lo apuntó Diego Torre en su crónica para el diario español El País. “El del Villarreal fue el primer partido que el Manchester jugó en su campo sin su viejo capitán. Y el público le dedicó un homenaje oficioso. Oficioso y breve. Apenas un minuto de ruido y una pancarta en el anillo: Keane 1993-2005 Leyenda Roja".

El mismo día en que salió por la puerta de atrás del Teatro de los Sueños, treinta equipos lo quisieron fichar. La conexión irlandesa fue más fuerte que el resto y se fue al Celtic de Glasgow para retirarse, en el 2006. De inmediato se hizo entrenador y ha tenido que afrontar su mayor miedo: las derrotas. Como buen irlandés confía en lo que no puede ver y desconfía de lo que ve. Sin duda alguna que volverá a poner en marcha esa conspiración de la que fue señalado.


Yo fui, yo soy

Hay un hombre empecinado en corresponder a un gesto noble de un ídolo en apuros. Insiste en tocar todas las puertas que existen para que, por lo menos, no se le olvide. Cuenta que de joven formó parte de aquel Atlante setentero que logró volver a primera división, sin otra cosa que lo que cada jugador podía poner, cuando la elegancia y la técnica depurada, acaban estorbando al corazón de un equipo que hasta tuvo que rentar balones para entrenar. El hombre empecinado era conocido, por muy pocos, como “El Pelos”. El ídolo en apuros fue bautizado por Ángel Fernández como “Calaca II”, por ser homónimo del célebre mundialista, José Luis “Calaca” González.

“El Pelos”, quien se llama Javier Lazcano Guadarrama, ha sido atlantista toda su vida. Su agradecimiento eterno a José Luis González Arsola tiene una razón de ser. Cuando él era un novato, en un interescuadras, Arturo Zárate le acomodó un descontón que le perforó el pómulo izquierdo. Nadie fue en su auxilio, de momento. El agresor lo miró con desdén mientras de su herida brotaba sangre sin parar. En eso llegó uno de los pesados del equipo. Era el “Calaca II”. El “Viejo” Artero, masajista y una especie de curandero sabio, también, acudió en su auxilio. Y entre los dos consolaron a Lazcano. La solidaridad del futbolista estrella y las pomadas mágicas del “Viejo” provocaron que la herida del muchacho sellara un pacto de agradecimiento para siempre.

Por eso nos quedamos de ver en Temoaya, un municipio mexiquense cercano a Toluca y situado en donde la sierra arranca su pendiente. Ahí sobrevive José Luis a un cúmulo de enfermedades y conflictos que él mismo se buscó cuando le dio por sentirse guapo. “Yo soy José Luis González Arzola”, me dice, cuando nos sentamos a platicar al pie del marco de un llanito de San Mateo Atenco, en donde, esa tarde, arrancó su escuela filial del Pachuca, literalmente con cuatro clavos en la bolsa, para poder colocar la manta que promociona al lugar. Su rostro está iluminado por un sol que está a punto del ocaso. Sus pequeños ojos brillan y avisan que la emoción acabará por humedecerlos al terminar cada relato del pasado y del presente. El futuro lo dejaremos pendiente, por el momento.

“No conviví con mi papá. De hecho yo viví con mi abuelita y con mi tía. Ellas fueron las que me criaron porque yo no conocí a mi mamá, tampoco”, relata sin escatimar. El pequeño miraba la televisión y se veía jugando en las canchas. “Tuve que vender tacos, di grasa (fue bolero o lustrador de calzado), tiraba basuras. Yo le buscaba. Siempre he sido un luchador, hasta la fecha”, se sincera.

José Luis se cruzaría con la oportunidad de ser futbolista cuando su sueño infantil se había esfumado. Fue cuando trabajaba  en la Conasupo (la paraestatal que se encargaba del sistema de abasto y seguridad alimentaria en México), descargando costales de frijol, a pie de vía del ferrocarril, cuando viejos atlantistas, como el Chato Sierra, que trabajaban ahí, le dijeron que se fuera a probar. Por lo menos en la liga llanera donde jugaban, sobresalía con distinción. Además, los músculos y huesos de su cuerpo delgado, acabaron siendo fortalecidos por el arduo ejercitamiento de su lomo cargador. El equipo azulgrana pasaba por uno de los capítulos más complicados de su historia. Estaba en la segunda división. Lejos del glamour y rentando balones para entrenar en la semana. Ahí empezó a jugar. Desde abajo.
El llano de San Mateo Atenco está rodeado de escuelas y algunas tierras de cultivo. Toluca ha devorado el valle y la zona metropolitana se extiende sin remedio. José Luis quiere que los niños de la región tengan una oportunidad de divertirse, primero, y si tienen cualidades, él mismo se pondrá de ejemplo para que, por lo menos, no se repitan esos errores que le siguen metiendo el pie, a pesar de que no ha vuelto a beber y que ya no tiene dinero para el despilfarro.

Los orígenes del Calaca II son muy claros. Tenía lo mínimo indispensable para afrontar la vida. Ni siquiera soñó en llegar tan lejos por eso cuando lo tuvo todo se volvió loco y se sintió tan guapo que hasta se compró ocho automóviles de un jalón. “Decían que era agrandado pero yo nada más llegaba en mi Grand Marquis con una güerota al lado”.

Imaginen que cuando José Luis cargaba costales le pagaban tres mil pesos y de futbolista empezó a ganar tres millones. Acostumbrado a subsistir sin nada, cuando tuvo todo se ahogó. Después del mundial México 1986, el Calaca II se deprimió tanto por no haber sido llamado a la selección que pensó en el autoexterminio. Quería morirse, pero escogió la vía larga. Con esas escalas que te dan las crudas, la falta de dinero o de valor para comprar un arma y pegarse un tiro, y la propia inercia de la vida que hace que el corazón siga latiendo aunque tú no quieras. José Luis jugaba muy bien a la pelota. Si bien estuvo a punto de ser campeón en 1983 con el Atlante y perdió aquella final en penales contra los Tigres, su trayectoria lo define como un jugador que marcaba diferencias. Pero cuando se sintió excluido y tomó esa vía larga de los tragos, llegó a ese parteaguas de su vida que le obliga a decir: yo fui, yo soy. 

Esa tarde calurosa en que convivimos, fue una tarde que se fue dando hablando de la vida. Al Calaquita le cuesta trabajo reponer las fuerzas que le quita la diabetes. Hace seis años, una muela infectada le provocó un paro cardiorespiratorio que lo tuvo en coma y con los peores pronósticos. Hoy, un glaucoma le ha estado consumiendo la visión periférica. Pero ya puede aunque sea trotar unos metros, que para él son síntoma de que las cosas van por buen camino. Mientras tanto, El Pelos observa y escucha todo. Lleva años auxiliando a su amigo y correspondiendo a ese gesto generoso del futbolista estrella. A Javier la vida lo trata con severidad. Su situación personal le quita el sueño. Pero su agradecimiento es un pacto de honor y ante tal compromiso empeñado, hay que ponerse de pie.


Si quieres y puedes ayudar al Calaca II, escríbele a Javier Lazcano a javierlazcano55@hotmail.com


Tango en el Centenario

En un poblado de Sonora, llamado en aquel entonces, Estación Ortiz, ubicado a 60 kilómetros al norte de Guaymas, y que era, precisamente, una estación del ferrocarril que corría del puerto a Hermosillo, nació Oscar Bonfiglio Martínez, el 5 de octubre de 1905. Hechos de armas y pasajes heroicos, casi siempre contra los yaquis y en donde su padre, el general Manuel Bonfiglio García, estuvo asignado, marcaron la historia de Estación Ortiz y del personaje de este relato, quien se convirtió en soldado del ejército mexicano por herencia y tradición. Escogió las manos como su arma de guerra. Fue un eficaz intendente de las fuerzas armadas y en los cuarteles militares aprendió a resguardar la meta en las canchas de futbol.

Bonfiglio no tenía la estampa de los corpulentos guardametas. Medía un metro con setenta y cuatro centímetros. Tenía una figura regordeta. Pero ponía la valentía y el honor por delante. Le decían Yori. Así se refieren los indios yaquis de Sonora cuando hablan de los mestizos, del hombre blanco, de los  que no piensan como yaquis.

Revolucionario

Para ser soldado, y unirse a la revolución cómo él mismo puntualizaba, tuvo que estudiar en la ciudad de México. Era el año de 1920 y posiblemente encontró en el futbol una conexión indirecta con sus genes paternos italianos, que ya le habían heredado la vocación castrense. Su padre había sido el pagador oficial de las tropas de Álvaro Obregón, en plena Revolución Mexicana. Y el hijo acabaría prestando sus servicios a la patria en dos frentes distintos: el militar y el deportivo.

Don Manuel, el general, también fue un apasionado del futbol y con sus dotes administrativas, estructuró las oncenas militares en las que jugó su hijo y hasta estuvo dirigiendo a los oficiales, en cuestiones técnico-tácticas, cuando participaron en el campeonato de 1923-1924. Oscar, a la postre también general, defendió la meta de los equipos de la milicia como el Esparta, el Cuenta y Administración, el Guerra y Marina,  el SON-SIN (anagrama de Sonora-Sinaloa). Todos estos equipos le darían forma, tiempo después, al Marte. 

El SON-SIN, integrado en su totalidad por militares (casi todos sonorenses y sinaloenses), jugó una sola temporada. Al ser soldados, los integrantes tenían que presentarse a servicio en distintos puntos de la república. Bonfiglio quedó asignado al Diustrito Federal y el Asturias lo integró a sus filas en 1925. Ese año pelearon, palmo a palmo, el campeonato con el América. En el mes de marzo, cuenta Don Juan Cid y Mulet, en su Libro de Oro del Futbol Mexicano que ambos conjuntos se enfrentaron y “el América igualó al Asturias, en un juego en el que hubo bronca y fue causa de que se retirasen de la Fedración, el España, el Aurrerá, y el Asturias. En virtud de los hechos mecionados, el América obtendría el título por primera vez”. Al año siguiente, la disputa por el título volvió a ser tan cerrada como la que acabamos de mencionar y los asturianos tampoco pudieron coronarse. El 8 de septiembre de1927, Oscar Bonfiglio defendió la meta asturiana cuando enfrentaron al Real Madrid, en México. Hizo todo lo posible, pero los merengues perforaron seis veces las redes del Yori.

Órdenes supremas

En 1928, el mayor Bonfiglio recibió un par de órdenes del alto mando. La primera fue incorporarse de inmediato a las filas del Marte, el equipo de los generales. Los mejores futbolistas militares se combinaron con talentosos futbolistas jaliscienses y conquistaron el campeonato de 1929. La segunda fue una misión especial: integrar la primera selección olímpica mexicana y competir en los Juegos Olímpicos de Amsterdam.

El viaje duró 24 días y el primer partido fue contra España, el miércoles 30 de mayo, en el estadio Oude. Yermo anotó tres; Luis Regueiro, otros dos; Marculeta y Mariscal se apuntaron uno cada quién. Juan “Trompo” Carreño marcó el primer gol en juegos olímpicos para México, en una jugada generada en un tiro de esquina, al minuto 81. El cable informativo de Asociated Press relató que “México fue derrotado por siete goals contra uno, aunque se defendió con gallardía hasta los últimos minutos. El portero Bonfiglio defendió como un héroe”. Después se perdió con Chile y antes de volver de Europa, la selección olímpica disputó doce partidos amistosos.

El hincha del sombrero

Ahora vayamos al estadio de Pocitos. El Primer Campeonato Mundial de Futbol está por iniciar en Uruguay. Eran las tres de la tarde del 13 de julio de 1930. Hacía frío y llovía. La poderosa Francia esperaba en el campo. No había esperanzas para un representativo que, según la prensa mexicana, sufría del “taquismo”,  o mejor dicho de un hábito alimenticio no adecuado para deportista alguno. Pasaron 19 minutos antes de que Lucient Laurent anotara el primer gol en la historia de la Copa del Mundo. Fue Bonfiglio el primero en dejar pasar al invitado.

Cayeron otros dos tantos antes de llegar a la mitad del juego. Y al minuto 70 otro mexicano también entró a la lista de los “primeros”. El famoso “Trompito” Carreño, metió el del honor y el primero de México en mundiales. Cuatro a uno fue el marcador final. Días después, el rival fue Chile. Tres a cero en contra pero esos goles fueron a la cuenta del arquero orizabeño, Isidoro Sota.

Para el 19 de julio ya habían terminado de construir el estadio Centenario. Argentina esperaba su turno y ese día, frío también, llovieron goles. Seis albicelestes, tres mexicanos. Pero aún en la derrota, disfrutemos la hazaña del soldado mexicano que recibió los disparos de la artillería enemiga. De esta gesta hay dos versiones.

La argentina: A falta de árbitros en la primera Copa del Mundo, Ulises Saucedo, entrenador de la selección boliviana, dirigió el encuentro. Argentina tenía una ventaja de tres tantos contra cero cuando se marcó una dudosa falta dentro del área. En un acto de caballerosidad deportiva, el defensa Fernando Paternoster tiró rl balón a las manos de Bonfiglio.

La mexicana: A los 23 minutos, se marcó la pena máxima en contra de México. Era el cuarto de la albiceleste. Fernando Paternoster preparó el disparo y Bonfiglio evitó lo esperado. Esta jugada quedó grabada en la memoria de los presentes, en especial, la de un hincha del rival. Carlos Gardel, el rey del tango, sorprendido de la gallardía del arquero mexicano, al terminar el partido acudió al vestidor ocupado por la selección derrotada para felicitar a Bonfiglio.

- ¿Pídame lo que usted quiera?, le dijo Gardel al “Yori”.
- Cánteme uno de sus tangos, le contestó Bonfiglio.

A capela, empezó Gardel a recitar el favorito del mexicano:  Volver.

El nivel futbolístico de México fue catalogado como primitivo aunque con un indomable entusiasmo de sus hombres. Y así volvieron a casa, sin laureles de victoria pero con una página en el libro de la historia. Oscar Bonfiglio siguió jugando con el Marte hasta que en 1932, Juan Terrazas, jugador del América, le fracturó la tibia y el peroné. Nunca pudo recuperarse y se retiró en 1933. Según el libro América. El mejor de la historia, escrito por Panchito Hernández (q.e.p.d.), Bonfiglio perteneció al equipo entre 1926 y 1927. También hay un dato perdido que señala un último partido del Yori, en el que defendió el marco de los cremas, en 1938.

General Bonfiglio

Como militar llegó a ser general de división y aprovechando las misiones que la patria le encomendó nunca se desligó del futbol. Dirigió fugazmente al Guadalajara y a la selección Jalisco. También fue presidente de la Liga regional jalisciense. Fundó un poderoso equipo amateur, formado por obreros, que se llamó Fabril Así mismo, fue el principal impulsor del desarrollo de uno de los equipos mas famosos del bajío: la Trinca Fresera de Irapuato. Cuando los Azcárraga compraron el Club América, lo invitaron a ser presidente del equipo. Dijo que no y recomendó a Guillermo Cañedo.

El general Bonfiglio atestiguó los mundiales desde 1930 hasta el de 1986 en México. Un año más tarde, el 4 de noviembre, murió tranquilo y en paz a los 82 años. Dicen sus nietos que basta con oler el aroma del tabaco fino para sentir su presencia, seguramente así lo haremos cuando una bocanada de humo se nos cruce en el camino.

Réquiem al creador del Torneo de los Barrios

Con cariño para René Sánchez Vega


Imaginen la vida que se cuenta luego de 80 y tantos años. Sus gratas vivencias, sus íntimas tragedias, y su memoria que abarca la plenitud de haberse dedicado a preguntar, a describir, a relatar. A este hombre, la curiosidad y el deseo por descubrir lo hicieron periodista.

Raúl Sánchez Hidalgo nació el 8 de enero de 1928 en Apizaco, Tlaxcala, tierra de ciclistas. Pedaleó a toda velocidad sus propias rutas. La del periodismo la inició en 1951. Fue Discípulo de Fray Nano, en La Afición, y labró su propio estilo. Maestro de la síntesis, logró dominar el género de la crónica  e hizo suya una columna en El Heraldo de México. En ese diario fue director de deportes durante 30 años. Por eso el olor de la tinta, el sonido de las teclas y el esténtor de las rotativas acabaron siendo su música inspiracional.

Junto a Teodoro Cano, fue el creador del gran Torneo de los Barrios (1973), un gigantesco evento en el que competían equipos de las 16 delegaciones de la Ciudad de México y lograba registrar a 30 mil futbolistas llaneros que convocaban a más de medio millón de aficionados que le daban color a tan folclórico intercambio deportivo y cultural. También fue un firme promotor del futbol femenil. Estuvo en el comité organizador de aquel mundial para damas, celebrado en México en 1971. Tiempo después, ocupó la jefatura de prensa del mundial México 1986. 

Al mismo tiempo, el periodista formó su familia al lado de María de Jesús Vega. Tuvo tres hijos: María Leticia, Hugo Alberto y Raúl René, este último, poseedor del gen del reportero que le siguió sus pasos, con una escala en el futbol profesional. De los cinco continentes, sólo le faltó conocer África. Cubrió todas las Copas del Mundo desde 1970 hasta el 2002. Cada cobertura fue un recuerdo invaluable para él.

Hace no mucho tiempo dejó de escribir, pero siguió observando y buscando sintetizar su propia vida que este 8 de julio de 2012 llegó al final. Su familia, el deporte, en especial el futbol, seguirán siendo noticias de ocho columnas en el fenomenal diario que seguirá armando, todos los días, en su prodigiosa mente y en donde ahora se encuentre asignado.

Nuestro futbol llegó del fin de la tierra (2ª Parte)


A doce kilómetros de Pachuca, justo en donde los otomíes llamaban Maghosti o paso alto, a más de 2700 metros sobre el nivel del mar, y en donde el corazón de los montes estaba hecho de plata, está Real del Monte. Gran parte de sus 13 mil habitantes viven del turismo. Es un escenario de ensueño. Lleno de historias fantásticas. Los techos de sus casas están hechos con la lamina de los botes de aceite que se utilizan  en las minas. Dicen que parece un pueblo inglés y cómo no va a parecerlo si durante 100 años fue un punto de conexión con los británicos, y como ya mencionamos, con los habitantes de Cornualles.

Los pastes son el legado córnico que sintetiza esta fusión cultural. Es el alimento de los mineros. Carne preparada con papas y envuelta en una masa de hojaldre. Una empanada horneada, al final de cuentas. Y así le llaman los argentinos a su empanada de carne, que tiene un origen similar, pero en Real del Monte son pastes.

Los mineros ingleses hicieron tan suyo este pasó alto en la montaña que durante la época de la intervención francesa, los mineros de Real del Monte tomaron partido y apoyaron a los grupos de ataque de la guerra de guerrillas que le hacían frente al batallón imperial que custodiaba la ciudad de Pachuca. Con el Porfiriato llegó el ferrocarril, la energía eléctrica y el quehacer ocioso de un país en paz. Al generoso mineral también habían llegado mineros de otros lugares de Inglaterra. Algunos fueron trabajadores de la Thames Ironworks, la metalúrgica en donde nació el equipo West Ham. Las opciones para divertirse en los tiempos libres eran el novedoso cinematógrafo, las carreras ciclistas, las peleas de gallos, entre otras actividades. Pero los hombres de las minas tenían sus costumbres y el relato nos dice que ellos organizaron el primer equipo de futbol, en noviembre de 1900: el Pachuca Athletic Club.

Hoy en día, en Cornualles destaca el rugby por encima del futbol. En esa parte de la isla, la Premier League no tiene representantes. Incluso, ahí juega un equipo que está considerado como el peor del mundo: el Madron FC. Esta oncena córnica participa en la Mining League de Inglaterra (la décimo tercera categoría partiendo de la Premier League). Entre 2010 y 2011 perdieron 30 partidos de forma consecutiva con marcadores tan  escandalosos como un 55-0, cuando jugaron frente al Illogan Res. En diez jornadas ya tenían más de doscientos goles en contra.

Pero un poco más de cien años atrás, muchos de los mineros que formaron al primer equipo organizado, exclusivamente para jugar al futbol en México, eran de esa parte del mundo. A aquellos que vinieron de Cornualles se les debe el arranque de la revolución industrial en México, así como el resurgimiento de la minería, los pastes, el futbol y hasta la lucha libre, que está tan arraigada  en el estado de Hidalgo.

Recordemos a los mineros este 11 de julio y por asociación, porqué no, a los pioneros del futbol mexicano: Charles Dawe, John Dawe, James Bennetts, John Bennetts, William Blamey, Richard Sobey, William Bragg, William Thomas, Percy Bunt, Lionel Bunt, Albert Pangelly y William Pengelly. Un verdadero “Cornish Team”.

Los mártires de Kiev

Es el drama más triste, bello y sublime del futbol. Pero sólo es un mito que encandila a propios y extraños. Don Eduardo Galeano y Juan Villoro han soltado tinta, por ejemplo. Porque el partido de la muerte tiene todos los ingredientes de la epopeya: traición, adversidad, villanos despiadados, hambre, sometimiento, violencia, tiranía, muerte pero también esperanza, fraternidad, entrega, héroes, virtuosidad, libertad, igualdad y amor. 

El clímax ocurre durante un partido jugado entre oficiales nazis y harapientos prisioneros de guerra ucranianos, quienes trabajaban como panaderos, pero que en su pasado inmediato habían sido jugadores del Dinamo y del Lokomotiv de Kiev. La negativa para hacer el saludo nazi por parte de los sometidos, vestidos con el rojo de los comunistas, y la soberbia demostración sobre el campo del estadio Zenit, llevaron a estos mártires -dice la leyenda que a la oncena completa- a morir ante un pelotón de fusilamiento que los ajustició “en lo alto de un barranco”. Sin duda que todo concuerda con el modus operandi de los crímenes de guerra cometidos por los nazis, el caso se parece mucho al de Sindelar, sin embargo, se ha tratado de reconstruir el capítulo desde distintas perspectivas. En todas se desbarata el mito.

Murieron cuatro jugadores de aquel FC Start, pero no murieron por haber derrotado a los alemanes. No hubo martirio en lo alto del barranco, como lo dijo Galeano. Ni tampoco “Klimenko hizo la jugada másvaliente en la historia del fútbol. Solo ante la portería, demostró a sus verdugos que no era como ellos: les perdonó” (Juan Villoro), porque a Alexei lo mataron meses después, en un ajusticiamiento múltiple, en un campo de concentración. Es cierto que se formó un equipo con jugadores de prestigio. A todos les dieron trabajo en una panadería industrial. Por supuesto que hubo conveniencia por parte de aquellos que aceptaron jugar al futbol para salvar la vida. El Kremlin se los reprocharía a los sobrevivientes, tiempo después. En esos momentos los nazis tenían un año controlando una ciudad sometida por dos fuegos: el fascista y el soviético. Y a los ucranianos siempre les ha podido generar pasión extrema sus ideas de libertad.

Hay una foto (arriba) que tira por sí sola los dramas del asunto. En esa imagen posan los dos equipos, el día 9 de agosto de 1942. El FC Start (ucranianos) y el Flakelf (oficiales nazis). Están mezclados. Los de camiseta clara (blanca) son los alemanes. Los de playera oscura (roja) son los ucranianos. Putistin posa con el torso desnudo. Ninguno se ve desnutrido. Hay varias sonrisas. Lo arreos de juego no distan el uno del otro. Tampoco podemos ver al severo árbitro, calvo y con el porte de los oficiales de las SS. No sabemos si la foto fue tomada antes o después del partido. Si fue antes, se muestra la camaradería que el futbol despierta. Si se tomó después, hay un gesto claro de caballerosidad deportiva. Entre lo elocuente de esa gráfica y la muerte a sangre fría, es imposible que existan 90 minutos de diferencia.

Además, el FC Start todavía jugó un partido más, el 16 de agosto, y humilló al Rukh, el equipo favorito de los ucranianos colaboracionistas. Dicen que el presidente de aquel rival, Georgi Shvetsov, fue quien señaló y delató como espías y traidores, a algunos de los jugadores que los hicieron polvo. El viejo Shvetsov sobreviviría a la guerra y acabaría vendiendo entradas en las taquillas del estadio olímpico de Kiev. 

Caso cerrado

El alemán Jochen Kuhlmann, fiscal asignado al caso AR1/02 1001- “El asesinato de prisioneros de guerra soviéticos después de un partido de futbol”, determinó, tras años de investigaciones, que el juego se llevó a cabo, bajo un ambiente muy agradable. Que no se pudo comprobar la presencia de algún miembrode las SS, en el vestidor del FC Start, quien los habría conminado a perder el encuentro bajo pena de morir si no era así. Por lo que la correlación entre el partido y la posterior muerte de los futbolistas no podía ser confirmada.


Los cuatro mártires

Nikolai Korotkykh murió bajo tortura, los nazis lo capturaron por espionaje. Ivan Kuzmenko, Alexei Klimenko y Nokolai Trusevich fueron asesinados en febrero de 1943, en el campo de concentración de Sirets. Se practicó un fusilamiento masivo por un acto de rebeldía de los prisioneros del sector, entre estos estaban los futbolistas.


La historia en la pantalla grande

La muerte de los futbolistas fue consignada por el diario Izvestia, en noviembre de 1943. Para 1958, el periodista Petro Severov relacionó el partido y publicó “El último duelo”, en el diario Evening Kiev.  Aquí fue cuando la maquinaria de propaganda soviética le dio un carácter superlativo a la historia. El cine hizo suyo el drama. La pantalla grande de la Unión Soviética se llenó de patriotismo, mártires y reclamos hacia un sistema tan totalitario como el que ellos mismos ejercían. Después, los húngaros hicieron la suya, y cuando el estadounidense John Huston conoció la trama, mientras el caso se juzgaba como un posible crimen de guerra, puso a Pelé,  Ardiles,  Moore, Kane y Stallone a jugar contra los alemanes, pero en Paris. Recientemente, para conmemorar el 70 aniversario, los rusos hicieron una nueva versión titulada “Match”, que en Ucrania generó controversia por señalar que los mártires de Kiev fueron entregados por los mismos ucranianos colaboracionistas. El estreno coincidía con la Euro 2012 y ha sido pospuesto hasta nuevo aviso.

Cartelera de películas sobre el partido de la muerte

Tercer Tiempo (URSS, 1962)
Dos medios tiempos en el infierno (Hungría, 1963)
El partido de la muerte (URSS, 1964)
Escape a la victoria (EU, 1981)
Los once mortales (Alemania, 2005)
El partido (Rusia-Ucrania, 2012)

El más veloz de los veloces

El presidente de la Asociación Polaca de Futbol, y miembro del comité organizador de la Euro 2012, pasó treinta años jugando como amateur. Las reglas del gobierno de su país, cercado por la cortina de hierro, marcaban esa edad para que un futbolista pudiera salir y enrolarse en cualquiera de las ligas profesionales del futbol mundial. De inmediato,  Grzegorz Lato partió a Bélgica y después escogió a México, un país que por aquellos años vivía una profunda cercanía con lo polaco porque el vicario de Roma, Juan Pablo II, nacido en Wadowice, se había hermanado con el pueblo guadalupano. Por si fuera poco, el más veloz de los veloces se enrolaría con el equipo más representativo de un México barrial, futbolero y muy creyente: el Atlante.

Las águilas de Gorski

Lato nació en Malbork, al norte de Polonia, el 8 de abril de1950, pero su familia se mudó a Mielec. Por eso, a los dieciséis años se enroló en el futbol con el Stal Mielec.  Ahí fue campeón de liga en dos ocasiones y líder de goleadores en dos temporadas. En total, disputó 295 partidos y anotó 117 goles.  Pero el mundo conoció a Lato gracias a que fue parte de la generación de Las águilas de Gorski. 
Kazimierz Gorski fue el entrenador que seleccionó a esos futbolistas gloriosos, que en la década de los setenta, vistieron el rojo y el blanco de la selección polaca. Jugó tres mundiales.  Anotó más goles que nadie en Alemania 1974. Polonia quedó en tercer lugar en aquella competencia y lo volvió a hacer en España 1982. En Juegos Olímpicos también dejaron legado cuando conquistaron la medalla de oro en Munich 1972 y la plata en Montreal 1976. Fueron 100 partidos y 45 goles para este extremo que corría como velocista.

10.2 segundos

Lato, que en polaco significa verano, corría los cien metros planos en 10.2 segundos. Jugaba de extremo derecho. Con campo abierto era imparable. Inteligente con el balón. Amo del contragolpe y excelente asistente para los centros delanteros. Futbolista de sacrificio y trabajo. Muy consciente del espíritu de equipo. Un líder discreto y generoso. Cada vez que se le veía jugar con su selección, los equipos de occidente sacaban las chequeras sin poder llegar a ningún acuerdo con el jugador que se mantuvo como amateur hasta que cumplió 30 años.

En 1980 pudo salir al extranjero y se fue a Bélgica. Jugó 64 partidos con el Lokeren y anotó 12 goles. Tras el mundial de 1982 se mudó de continente y vino a jugar a México. El Atlante, propiedad del Instituto Mexicano del Seguro Social, ganó la puja al Cosmos de Nueva York, con todo y las peticiones personales que le hizo Pelé al polaco, y Grzegorz Lato llegó para escribir su propio apartado en la historia azulgrana.

Dieciséis golesazulgranas

Fueron tres mil ochocientos sesenta y siete minutos (mediotiempo.com) los que Lato le dedicó al Atlante. Cuarenta y cinco partidos en los que fue dirigido por Horacio Casarín, primero, y por Nacho Trelles, después. En su segunda temporada, la de 1983-1984, sólo pudo participar en siete encuentros porque nunca se recuperó del golpe que le dio Héctor Esparza, jugador del Toluca, en un partido de pretemporada, disputado en la Unidad Cuauhtémoc.

Cuando le tronó el Talón de Aquiles, supo que era el fin de su carrera. El propio Nacho Trelles le recuerda sollozando, como un chamaco, montado en sus muletas. Para entonces, Lato ya había anotado quince goles. Debutó el 5 de septiembre de 1982, en el estadio Azteca, contra Zacatepec. Fue hasta el 17 de octubre cuando anotó sus primeros dos goles a Pumas, en Ciudad Universitaria.  El 20 de febrero de1983 marcó un hat trick, en la Unidad Deportiva del IMSS, a Ricardo La Volpe, arquero del Oaxtepec. Y anotó su último gol contra Toluca, en La Bombonera, la mañana del 20 de mayo de 1984. Se despidió de México, del Atlante y del futbol profesional, seis días después de su último balón en las redes. En un partido de cuartos de final, en el que Cruz Azul avanzó a semifinales. Después se fue al futbol canadiense, a una liga amateur y jugó con el equipo Polonia Hamilton, hasta 1991.

Senador y directivo

En 1996 se graduó como Director Técnico, aunque antes ya había dirigido a su primer equipo, el Stal Mielec.  Para 2001 entró en la política de su país y fue senador hasta 2005. Tres años más tarde se convertiría en presidente de la Asociación Polaca de Futbol, al derrotar en las elecciones a Zdzislaw Kręcina y a Zbigniew Boniek.

Lato dejó de correr los cien metros en 10.2 segundos.  Ahora, como dirigente, juega en espacios reducidos. Múltiples acusaciones de corrupción le han tratado de colocar en fuera de lugar.  Sin embargo, ha logrado mantener la posición y quiere volver al ataque con un contragolpe provocado por el éxito que él espera de la Euro 2012.

El hijo del capitán

Hay varios ángulos para poder conocer la Ucrania independiente. Uno de estos vértices parte de la historia del hijo de un capitán del regimiento de tanques de ataque del Ejército Rojo. Este niño nació soviético y así lo educaron hasta el día en que la URSS se desintegró y volvió independiente al país de los cosacos. En su biografía se reflejan sus entornos, su educación,  sus esperanzas, sus anhelos, su metamorfosis. A través de su conducta se pueden leer esos mensajes que un porcentaje importante de los ucranianos comparte con él, porque él, es un héroe nacional. Y esta distinción es literal. En diciembre de 2004, se le otorgó la medalla al “Héroe de Ucrania”, la mayor condecoración que puede ser concedida a un ciudadano individual por el gobierno de ese país.

Educado para ser soldado como su padre, pidió un balón de regalo, cuando apenas tenía dos años. Futbol en el verano, hockey en invierno. Pesca con su padre en el mar Negro. Nació el 29 de septiembre de 1976, en Dvirkivshchyna, una villa rural, de las muchas granjas colectivas que habían sido impuestas en el granero de Europa, mediante un espantoso genocidio (una hambruna provocada y conocida como Holodomor), durante el régimen de Stalin.  Ahí vivió hasta 1979 y logró convivir con abuelos y bisabuelos, quienes guardaban, celosamente, la cultura y los sentimientos de su región. Después se mudó a Kiev y vivió en un pobladísimo barrio de la ciudad llamado Obolon. Su fisonomía presenta el fenotipo del eslavo oriental. Siempre risueño y cariñoso. Sonriente. Apegado a su familia. Su apellido está asociado al pie, de forma indirecta. “Shevts” significa zapatero y “enko” es un diminutivo que acompaña al patronímico. Hijo del zapatero, podría significar Shevchenko. Un apellido muy ucraniano.

Era como la corriente de un río entre las piedras

El Dinamo de Kiev, fiel a la tradición soviética de proyectar su ideología a través del deporte, tenía ojos por todos los llanos de Ucrania y frente al edificio, donde vivía Andriy, había un campo de tierra que le robaba las horas. No era un superdotado en su técnica, pero sí un imperioso dominador del juego que se explotaba a sí mismo, partiendo de sus habilidades. Por eso, cuando Oleksander Shpakov lo descubrió, le insistió, con ahínco, al capitán Nikolaj Shevchenko para que le permitiera fichar al hijo, de tan sólo nueve años de edad. Hubo una reacción en cadena en la familia. El padre no quería un futbolista en la familia. A la madre, Luvob, maestra de kinder, se le complicaba tener que atravesar la ciudad, en un viaje de 40 minutos, para llevarlo al campo de entrenamiento. Y el niño insistía con el balón bajo el brazo. Todos sabían que ya dominaba el juego, a pesar de que no regateaba.

¿Cuáles fueron las cualidades del niño que despertaron el interés de Shpakov? Su capacidad para jugar en todas partes. Su determinación, su competitividad, y el incontenible deseo de controlar el balón.  Shpakov comprendió el asunto de la tradición familiar y le ofreció al capitán una alternativa contundente: el niño sería formado como futbolista bajo la más estricta disciplina, tipo militar, de entrenamiento. La familia, entonces, contaría con un soldado-futbolista. Un mes después de la firma del acuerdo, hubo otra reacción. Chernobyl cimbraría el recuerdo de los ucranianos, sería un presagio del colapso soviético y representaría un capítulo que a Shevchenko no le gusta recordar, aunque sus biografías estén repletas de referencias a que es uno de los tantos supervivientes.

Con el Dinamo de Kiev vivió su adolescencia, marcada por la caída de la Unión Soviética y la independencia de su país. Ocupó uno de los 500 cuartos del legendario Kontcha Zaspa, un complejo deportivo que había sido modelo del sistema socialista.  Alexander Lysenko fue su entrenador en esos campos de tierra que marcaron sus inicios y siempre definió a su futbolista haciendo una metáfora:  “Para los defensas, era como la corriente de un río entre las piedras”. Imparable a campo abierto, implacable en el área. Poderoso. Inteligente y contundente.

Debutó a los 17 años. Yoszef Szabo lo metió a jugar contra el Sakhtar Donest, el 28 de agosto de 1994.  El chico ucraniano, en libertad plena para gastar su dinero en lo que estuvo prohibido a sus antecesores, se compró un Mercedez Benz y fue el propio Szabo quien le quitó las llaves del auto después de verlo volar sobre la máquina. Su entrenamiento seguía siendo marcial, en eso nunca le falló el Dinamo a su padre.
Después llegaron los tiempos de Valeri Lobanovsky, el padre protector del futbol ucraniano. El legendario entrenador marxista de las selecciones soviéticas que representaban a 15 repúblicas alineando a 11 jugadores ucranianos.  El cuartel se volvió aún más rígido. En aquel entonces, Sheva fumaba de 30 a 40 cigarrillos por día. Algo habitual en los jóvenes, pero a Loba no le gustaba trabajar con jóvenes convencionales, por más que lo soviético estuviera caduco. El entrenador le quitó el vicio con un método extremo. Le dio a beber una solución hecha con nicotina concentrada hasta que el asco hizo efecto en el organismo del muchacho, quien, nunca más, volvió a tomar un cigarrillo. También incrementó las facultades físicas del joven goleador, que ya se había parado en escenarios internacionales como el estadio de San Siro, sin pensar, siquiera, que allí iría a parar.

A partir de aquí, el mundo conocería a la perla de Ucrania, al Ronaldo del Este. El Dinamo de Kiev conquistó el pentacampeonato de forma consecutiva y ganó tres copas nacionales. El equipo Bilo-Syni (blanquiazul) sorprendió en la Champions League.  Andriy apenas tenía 22 años y cargaba todo ese palmarés.  Por eso Silvio Berlusconi se lo llevó al Milán AC y pagó más de 20 millones de euros por él.

Sheva 7

¿Qué clase de futbolista había comprado el magnate? Imaginen  a un delantero (1.80 m y 80 Kg) entrenado como un soldado del Ejército Rojo. O sea, un jugador al estilo de los clásicos soviéticos pero con el alma del cosaco exigiendo libertad. Una maquinaria poderosa motivada por el sentimiento puro de jugar al futbol en donde él quisiera.  Los siete años en Milán fueron apoteósicos. Cada que saltaba al campo se persignaba y besaba una cruz plateada con el número siete grabado en el centro. Se tatuó un dragón, símbolo chino del año de su nacimiento y del año en que llegó al cuadro. Se llevó a toda su familia a vivir con él. Al capitán lo operaron del corazón y convaleció en Italia. Se hizo amigo de Armani y esté lo convirtió en modelo para sus diseñosSe enamoró de la exnovia de uno de los hijos de Berlusconi y se casó con ella. Tuvieron familia: un niño y una niña. 

Es compadre de Il Cavaliere. De inmediato lo compararon con Beckham, aunque él nunca ha sido exhibicionista. Aprendió a hablar italiano. Se dejó crecer el cabello. También aprendió a jugar golf. Montó una fundación de asistencia para niños. Con tanta autoexigencia, le daban crisis de insomnio cuando no anotaba goles pero cuando los anotaba, la parte lombarda, devota de San Siro, se ponía a sus pies. Fue el primer extranjero en consagrarse Capocannoniere, en su priemera temporada. Ganó la Champions League en 2003 y en cuanto pudo, fue a la tumba de Lobanovsky para dedicarle la proeza. Alcanzó el Scudetto y le otorgaron el Balón de Oro en 2004, el primero para un ucraniano libre, porque los de Proteasovy y Blokhin están marcados por la bandera soviética. Marcó 127 goles en 208 encuentros disputados en el calcio y justo, cuando dejó la península para irse al Chelsea, le tocó enfrentar a Italia, en el partido más importante de la historia de Ucrania, durante los cuartos de final de la Copa del Mundo Alemania 2006. Aquella selección sumó siete puntos. Todos le llamaban Sheva para simplificar su largo apellido ucraniano, pero sheva significa siete en hebreo. El siete de su camiseta y los magníficos siete años que pasó como rossonero. Volvería de nuevo a Milán, pero no fue lo mismo. El ciclo del siete se había cerrado.

De regreso en Kiev

Como la mayoría de los ucranianos, todo lo referente a la Unión Soviética, como diría el periodista argentino Pablo Aro Geraldes, tiene el sinónimo de “nunca más”. Si bien fue dejando la escuela poco a poco, jamás ha dejado de leer y de ver cine. Desde luego que conoce los versos del gran Taras Shevchenko, el poeta de la libertad, sin relación alguna a pesar del apellido, y del que se expresa con exactitud: “Su poesía es fuerte y dulce a la vez. Fue el primero en usar la lengua ucraniana en la literatura, en lugar del ruso, idioma del Imperio opresor. Tengo una gran admiración por él. Era el poeta de la identidad nacional, un artista único que en el exilio escribía poemas de amor a su tierra, la pasión de nuestro pueblo y sobre todo por la gente más pobre. Todos los ucranianos nos reconocemos en él” (extraído de Andriy Shevchenko: Capitán Frío, de Aro Geraldes, El Gráfico, 1999).

Fue un ruso el que lo compró  aquel 1 de junio de 2006. Roman Abramovich se llevó a Shevchenko al Chelsea lo hizo con un gesto deslumbrante.  Pagó 36.3 millones de Euros, la cifra jamás pagada hasta entonces por una contratación en Inglaterra. Pero Stamford Bridge no le sentó bien al hijo del capitán. Las lesiones, las discrepancias con Mourinho, la falta de entendimiento con Ancelotti acabaron fraguando uno de los fracasos más grandes, según calificaron, en su momento, los ingleses.  Sólo 9 goles en 47 partidos. Tal vez a su alma cosaca y ucraniana no le gustó el gesto deslumbrante del magnate del país del “nunca más”.

Pasó por Milán antes de volver a Kiev y hoy, con el cabello raso, parece de nuevo ese soldado-futbolista que salió de Ucrania para difundir la buena nueva de la libertad. Jugará la Euro en casa. Podría ser su último gran evento aunque nunca descarten lo inaudito.