El jardinero del infierno

Saben que esa inmensidad está tan viva como ellos. Sienten como respira, como se nutre del sol, del agua, del aire. Tienen una rutina estricta. Nunca descansan. Jamás desfallecen. Le temen al frío y mucho más al granizo. Siembran y cultivan pedazos de vida que se superponen en una superficie tersa. Es al amanecer cuando el campo les dice lo que van a necesitar ese preciso día y nunca es igual. Preparan los tractores, calibran las cuchillas y como alquimistas preparan cócteles químicos para combatir plagas indeseables. Al cabo del tiempo se hacen uno con ese voraz césped que crece con sus condiciones. Trabajan en equipo y lo hacen para un equipo. Sufren cuando los indolentes pies pisan a su criatura sin el respeto necesario. Se enfurecen cuando los ignorantes se burlan de la sagrada vida del verdor. Hoy quiero hablarles de uno en especial.

Filemón Consuelo se hizo jardinero desde el día que llegó a la mayoría de edad. Le tocó un reto mayúsculo. Ese campo, ubicado de oriente a poniente, y a más de 2500 metros sobre el nivel del mar, le exigió el mayor tiempo de su vida. Desde pastos ingleses hasta este espécimen africano que tiene ahora el estadio Nemesio Diez fueron fielmente cuidados por él y sus muchachos. Siendo jardinero cultivó su propia vida. Su noble y ancestral trabajo le dio estabilidad a su familia, educación a sus hijos, y plenitud personal a sí mismo porque Don File no le debía nada al destino. Nunca se resignó a esa franja invernal que se secaba cada temporada y que rompía la armonía de su querida alfombra esmeralda. Así cómo otros maestros le enseñaron, él fue un gran instructor. Ejemplo de su cuadrilla y del club escarlata. Llegaba puntual vestido con elegancia y pulcritud. Cambiaba sus ropas y el hombre, en una mágica metamorfosis, adquiría un aspecto terroso y húmedo, así como el binomio tierra-hierba. Parecía un gran árbol lleno de marcas de vida. Sólido y macizo. Generoso. Sabio. Bondadoso. Respetuoso.

Desde hace algún tiempo, la diabetes lo afectaba. Su padecimiento lo llevó a tomar terapias de oxígeno en una cámara hiperbárica. Asistía al tratamiento cada tercer día, después de que su inmenso campo vivo tenía satisfechas sus exigencias. Hasta que esa tarde de lunes, la gente que trabajaba en ese lugar se olvidó que Don File estaba dentro de esa máquina que genera bienestar al cuerpo humano, siempre y cuando aquellos que la operan le tengan respeto a la vida. Don File sentía la vida de la humanidad y del planeta en esa hectárea de pasto que quiso tanto. La gente que lo dejó morir cargará por siempre la gran culpa. El futbol ha perdido a una de las piezas claves de la tradición, porque si es difícil llegar a ser futbolista, es mucho más difícil aun, llegar a ser un jardinero de verdad.