El padre, la voz y el gol del Azteca

Como un anciano sabio guarda el conocimiento de la vida, este coloso guarda el alma del futbol. Más de cien mil toneladas de concreto armado sirvieron para construir un monumento al juego que despierta una pasión universal. Aquí se consagraron los más grandes de la historia, Pelé en 1970, Maradona en 1986, porque es un templo creado por y para el futbol. Aunque también ha sido escenario de conciertos, peleas de box, partidos de futbol americano, carreras de motocross y hasta un Papa bendijo al mundo desde el centro del campo. Han pasado 48 años desde que abrió sus puertas y fue en la mente del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez donde emanaron los primeros trazos del proyecto. Hace una década tuve el honor de platicar con él sobre su creación y me dijo que “todo en arquitectura es una serie de análisis y soluciones que se van conjugando. Ya el resultado es consecuencia”, me dijo con la firme intención de no vanagloriarse al hablar del coloso.

Dos mil quinientos hombres y tres años de trabajo fueron necesarios para concluir la obra, el triple de tiempo de lo que utilizaron los ingleses cuando construyeron Wembley, y simplemente lo necesario para crear un recinto para 100 mil espectadores y que al mismo tiempo brindara una particular cercanía del público asistente con el campo de juego. “Nosotros procuramos hacer un estadio lo más cercano posible a la cancha para hacerlo más acogedor. Esos fueron los aspectos, que fuera más acogedor y que fuera financiable”, me dijo el arquitecto.

Pedro Ramírez Vázquez siempre estuvo al pendiente de su obra. Supervisó los detalles, de principio a fin. Sin embargo, el destino no quiso que estuviera ahí aquel 29 de mayo de 1966. Esta es la anécdota que me platicó: “Estaba en España y al salir de Madrid el avión de Aeronaves de México, tuvo un accidente en el tren de aterrizaje, tronaron las llantas y nos llevamos un susto terrible. Se suspendió el vuelo y no pude encontrar una conexión que me pudiera traer a tiempo. Entonces no llegué a la inauguración”.

Los años han pasado para los hombres pero el concreto hace pensar en la eternidad porque como bien comentó el arquitecto Ramírez Vázquez “para obras de este tipo, de uso público, el estadio está, si acaso adolescente”.

Intimida, impone. En la inmensidad de sus entrañas el silencio obliga a contemplar.

“Señoras y señores, bienvenidos al estadio Azteca…” retumba con el eco profundo que provoca el estadio vacío. Desde siempre la voz del coloso ha sido la misma… imaginen la cantidad de recuerdos, de anécdotas. Mejor que nos cuente algunas el dueño de la voz, Don Melquiades Sánchez Orozco.

“Es para mi un placer, un momento realmente emocionante el acumular todos esto años con las emociones acumuladas en la tribuna y en la cancha”, dice el querido Perraco, “por eso cuando llego aquí, siendo un simple empleado, “La voz del Azteca, siento que el estadio me saluda, que las piedras me hablan y hasta me vacilan a veces por eso: ahí va al que le hablan la piedras. Pero hablando en serio, yo sí siento que el estadio de alguna manera se comunica con uno. Será por la historia, o por todo lo que uno va acumulando en el espíritu”.

A lo lejos, sobre calzada de Tlalpan viene caminando el hombre que no durmió la víspera de aquel 29 de mayo del 66, pensando en una sola cosa: marcar primero. Es Arlindo dos Santos Cruz, anotador del primer gol en el estadio Azteca.

“Yo no dormí, un solo segundo no cerré los ojos. Estuve toda la noche despierto con la vista pegada al techo del hotel. Fabricando jugadas mentalmente. Rezando y pidiendo a Dios que me diera la oportunidad para ser el anotador del primer gol de este inmueble tan bonito y tan grande”, me platicó el menudito jugador brasileño.

Las suplicas fueron escuchadas y su fe fue tan grande que al minuto 10 del juego entre el América y el Torino de Italia su vida cambió para siempre. Ese momento lo definió por el resto de su vida.

Arlindo se posiciona sobre el terreno de juego para reconstruir la jugada. “Me anticipé a dos italianos. Acomodé el balón aquí y de aquí le pegué con todo. Con toda la técnica individual”, relata con gran emoción. De pronto, comienza a caminar trazando con el índice de su mano izquierda, la trayectoria del balón que viajaba rumbo a las redes. “El balón se metió aquí, en donde las arañas hacen su nido”. Ese día celebró como si quisiera tocar el cielo.